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viernes, 13 de marzo de 2009

Ana - Abandono

SIGO AQUÍ

Enciendo la luz, apago la luz, enciendo la luz. Nada cambia. Me enfrento a un mundo de sombras. De la mano de la soledad, mi nuevo amante, te busco en los rincones de la casa: cocina, salón, pasillo, dormitorio, más pasillos... Tus cosas están sumidas en un sueño perpetuo: la taza de los desayunos, algunos pares de zapatos, la pulsera que te regalé, tu cepillo de dientes (sí, aún lo guardo). Tengo la impresión de que tu recuerdo me persigue a cada paso, y grito en la oscuridad que te vayas, que no puedo soportarlo...

Todavía cuando despierto por la mañana, y lucho contra los rayos del sol, intentando cubrir mis ojos con la almohada, estiro mi brazo derecho buscando tu cuerpo bajo las sábanas. Pienso que quizás te estés duchando, pero el agua no se escucha correr. A lo mejor estás haciendo el desayuno, pero no huele a café recién hecho ni a tus tostadas de mantequilla.
Desconcertada me siento en la cama, miro a la mesilla, pero allí no hay ninguna foto de los dos y el armario está medio vacío. En mi cabeza un sueño, que preferiría no recordar, se abre paso en mi mente a empujones. Y la verdad me golpea sin compasión.

Abro el frigorífico y me pregunto qué te apetecería cenar. Pongo música y bailo abrazada al aire. Deambulo por la calle, consciente de que la gente apenas repara en mi presencia. Cuento los minutos que tardo en recorrer el trayecto de mi casa a la tuya, pero nunca llego a terminar el recorrido, pues los ojos se me anegan de lágrimas y tengo que dar marcha atrás, recogiendo mi valor.
Cuando tus pasos te guíen hasta mi casa, entra, la puerta estará abierta, yo permanezco sentada a la mesa de la cocina, sacándole brillo a la cubertería que debías haber utilizado en aquella cena.

He olvidado lo que es sentirse querida, aunque no sé si alguna vez me sentí así. Mi corazón no está muerto, sólo menos vivo.
No sé, quizá ya no deba aguardar tu regreso. Mejor, no vuelvas. No te preocupes por mí. Estoy acompañada por tu fantasmal presencia. ¿Ves? Ya ni lloro, simplemente estoy enloqueciendo...Pero tranquilo, tú eres libre. Vive, que yo seguiré extinguiéndome. Sal a la calle, que yo continuaré castigándome.

Espera...creo que me apetece gritar ¡agggg!. Ya.

¿Cómo estás ¿Eres feliz? No me alegra saberlo. Hoy 16 de enero es una fecha señalada, es tu cumpleaños y por eso te envío esta carta de felicitación, aunque haga 6 meses, 2 semanas, 3 días y 15 horas que no nos vemos, bueno, yo sí que te veo...¿te has cortado el pelo, verdad?

Voy a estar fuera una temporada, quiero que sigas acordándote de mí y no olvides que en algún lugar de este mundo egoísta, yo seguiré soñando con tus manos y tachando los días en el calendario que cuentan el transcurso de mi espera.
Aunque ya comprendí que estas cartas acaban en el fuego, desintegrando cada palabra y cada suspiro, aguardaré como siempre tu clavel de reconciliación.

Mis palabras siempre contigo: Hube.

viernes, 13 de febrero de 2009

Ana - Las 20 palabras

La puerta chirrió cuando la abrí. Entré. No había nadie.
Eché un vistazo general a la casa mientras me comía el trozo de pan que me había sobrado de la merienda. Debido al polvo acumulado estornudé y me limpié la nariz con unos pañuelos que acababa de comprar. No escuché los pasos ni la silueta que se iba acercando a mi espalda, siguiendo mi rastro, mi miedo...
Subí las escaleras que conducían al piso de arriba. Ya en lo alto vi un largo corredor con habitaciones a ambos lados y entré en una de ellas. Era un dormitorio pequeño, oscuro ya que las ventanas estaban tapadas con tablones podridos. Quité esos listones para ver el paisaje y un fogonazo de luz inundó la habitación dejando ver una cama, un armario infantil al que le faltaba una puerta y un escritorio en el que había muchos folios amontonados. Me acerqué a ellos y les eché un vistazo. Eran canciones. Canciones horribles que hablaban de niños muertos que paseaban por las calles con las cuencas de los ojos vacías, o de fantasmas que deambulaban por la ciudad intentando resolver asuntos pendientes. Miré al suelo y vi un caballo tallado en madera, precioso, con una larga cola que parecía que se movía. Lo metí en el bolsillo de mis vaqueros.
Bajé a la planta baja. Miré con más detenimiento los objetos que me rodeaban: fotos antiguas sobre cómodas esculpidas a mano, un espejo de madera con el cristal rajado por los años de abandono, puertas con adornos de demonios y escenas tenebrosas. Toda la casa era de un estilo gótico, con un aire misterioso, se notaba que esa casa ocultaba algo...
Desde la ventana de lo que debía de haber sido hace muchos años el comedor ví un río con unas cuantas barcas en el muelle.
Me dirigí a la puerta para investigar sobre los alrededores, pero un brazo robusto me agarró y de un tirón me dio la vuelta, las piernas me fallaron y caí al suelo. Sentí dolorosamente como ese ser me cogía del pelo y me arrastraba a través del pasillo, diciendo: “ese caballito es mío, ese caballito es mío”. No podía gritar, nunca olvidaré esa sensación, todo parecía irreal, como en esos sueños en los que quieres correr pero no puedes.
Me llevó al sótano, y allí me dejó caer escalón por escalón, mi columna chocando contra los peldaños hasta que mi cabeza dio con la barandilla y paz... perdí el conocimiento.
Cuando me levanté, ¿a los 10 minutos? ¿ a las 3 horas? No sé, sentía un fuerte dolor en mi cabeza. Me desnudé para poder limpiar mis heridas, la sangre se había secado y la ropa se había pegado a mi piel. Me volví a vestir. Luego oí pasos al fondo del pasillo, y rápidamente me acurruqué en un rincón del zulo en el que me encontraba.
La puerta se abrió y ahora pude ver con más claridad al monstruo que escondía esta casa: una silueta negra se alzaba en lo alto de la escalera, vestía una túnica negra que iba arrastrando por el suelo y su rostro estaba cubierto con una máscara blanca. Bajó las escaleras con la agilidad de un felino y con la misma fiereza me agarró del brazo, levantándome bruscamente. Me condujo hacia las escaleras en las que tropecé un sinfín de veces por mi debilidad.
Arriba olí un fuerte olor a quemado, dirigí mi mirada al enmascarado y pude intuir que detrás de su máscara tenía una sonrisa sicótica.
Fuera una gran hoguera se elevaba majestuosa llenando el cielo de un humo que olía a muerte. Alrededor de ella había piedras sujetando un poste. Mi agonizante fin se cernía ante mis ojos. Iba a morir quemada.

sábado, 7 de febrero de 2009

Ana - Mariquitas

Ángel observaba divertido a la pequeña niña, que jugaba entre las olas que rompían en la orilla de la playa. Ella le saludaba, de vez en cuando, atenta a la mirada de su padre, para no perderlo de vista. Bajo su sombrilla de rayas azules, se refugiaba de un terrible y abrasador sol de agosto. A lo lejos el rumor de la ciudad, los coches, la gente con prisa...
Se tendió sobre la arena húmeda para sentir el suave olor a tierra mojada, mientras el abrazo de las olas le acariciaba la planta de los pies.
Alzó la vista, el sol escondiéndose del mundo tras las nubes, el cielo tiznándose de un rojo sangre, la brisa del atradecer acariciándole el rostro y revolviéndole el pelo.

-¡Papá, papá!- le llamaba
-¿Dime?
- Mira lo que he encontrado ¡son rojas!
- ¡Mariquitas! Me recuerdan a cuando yo era pequeño e iba con mis padres a la playa. Cuando volvíamos a casa y limpiábamos las cosas quitándoles la arena, siempre, no fallaba ni una vez, había mariquitas rojas, como esta, enganchadas en la tela de la sombrilla. ¿Cuánto hace de aquello...?

Este recuerdo, corto y fugaz en su mente y aunque no pudiera recordar muy bien los detalles, le arrancó una sonrisa, la primera en mucho tiempo. Al menos seguía teniendo algo propio y que nadie le podía quitar: sus recuerdos, la imagen de las mariquitas en la tela de la sombrilla.
Suspiró. Las 8 y 40, sólo quedaban 20 minutos...un juez gordo, de cabello despeinado y gesto grave, le dio la custodia de su hija pequeña a su exmujer, una tarde de invierno lluviosa, en una sala con jurado y abogados, que le arrebataron de sus manos lo único que le quedaba en esta vida y por lo que había luchado tanto. No puede ser que una persona que no me conoce de nada, pensaba, me quite a mi tesoro, a mi niña, la razón de mi vida. No es justo, no tienen derecho...

-¡No tienen derecho!- exclamó en voz alta, lo suficientemente alto para que Amaia diera un salto del susto.
-¿Qué es papá?
- Nada. Ven Amaia, coge tu mochila, que nos vamos.

La niña se fue acercando jugando con los pequeños bichitos rojos y negors que volaban a su alrededor.
Los dos, padre e hija, echaron a andar por la playa, de nuevo para mezclarse con el mundo, para respirar el humo de los coches, para escuchar a la gente quejarse de cosas banales...

Dejó a la niña en la entrada de la casa de su madre, la besó en la frente y la siguió con la mirada hasta que la pequeña subió las escaleras que conducían a la puerta. Sólo echó a andar cuando vio por una pequeña ventana, una silueta de mujer que él conocía muy bien, acercarse para abrir la puerta.

Volvió cansado a su cutre apartamento, pasó por delante de su casero, que en vez de saludo le obsequió con un gruñido. Introdujo la llave en la cerradura de su puerta y escuchó como el mecanismo encajaba con los dientes de la llave.
La puerta cedió y le dio la bienvenida un olor a melancolía y soledad. Fue a la entrada y allí soltó la sombrilla. Se dirigió al dormitorio, se desvistió y sacudió cuidadosamente cada uno de los bolsillos de la ropa, de los cuales salían puñados de arena que sigilosamente se había colado.
Regresó a la entrada y allí se quedó mirando la sombrilla, se acercó a ella, la abrió cuidadosamente y... allí estaban un montón de puntitos rojos en la tela de su sombrilla azul. Sonrió y miles de mariquitas echaron a volar.

Ana - Biografía

Juan Martín nació en la Palmilla, Málaga,
en el seno de una familia pobre.
Creció con el amor de su madre,
el cariño de sus hermanas,
y entre la droga que se vendía en su portal.
A los cinco años entró en el colegio,
a los doce en el instituto,
y a los quince en el reformatorio.
Su infancia arrebatada a los once años,
cuando robó un bolso.

Con veintidos años deambula por la vida,
sin una meta, un objetivo, un destino.
¿Cuál era el camino correcto?
se pregunta a sí mismo,
al jóven muchacho abatido y cansado
que no puede hacer más que lamentarse.

Él le aconsejaba a su hijo
que no cometiese los mismos errores,
que aprovechase cada oportunidad,
cada favor que le diera la vida.
Porque él... Juan Martín, todo lo que había conseguido
con su falta de interés por la vida,
con su manera de actuar,con todas las noches en la calle
cuando apenas era un crío,
con las ausencias en la escuela,
era una chabola en un descampado
y un día a día recogiendo chatarra.
Ahora, ya viejo y cansado,
espera a que la dulce muerte
venga y lo lleve de la mano,
para salvarlo de este mundo y esta vida cruel.